martes, 10 de mayo de 2011

Desasosiego


Contame la historia mas oscura y triste que tengas guardada. Contámela sin vueltas, sin falsos sentimientos, cruda como fue. Quiero escuchar el desgarro de tu voz cuando, rendido y acabado, gritabas clemencia,  pedías piedad. Cuando convertías tus razones en demencias, cuando tus plegarias ya no tenían sentido. Quiero verte quebrado, llorando. Sentirte atareado como si una gillete rasgara lentamente tu alma, quiero ver como poco a poco la piel de tus manos se cuartean de dolor.

Quiero que me cuentes como fue el encuentro en aquel bar donde esperanzado veías como se acercaban tus últimos minutos de felicidad, moviendo a paso seguro sus curvas, con esa sonrisa que hoy te da asco, con esa mirada llena de mentiras. Te pido que me lo cuentes conservando la calma al principio; respetando los silencios. Cargando en cada bocanada de aire el vaho espeso y amargo que dejaba tu hedor. 

Recreáme todo: la posición de tus manos temblorosas, su mirada esquiva, tu tez pálida y expectante, su voz fría y metódica, tu postura defensiva y cerrada y su altivez y soberbia cuando se sentó en la mesa en la que estabas vos y comenzó aquel incómodo juego de miradas. Aquella guerra que sabías que no ibas a ganar pero que igual te creías capaz de llevarte algo con tu última carta a jugar.

Decime cuanto odiaste al mozo por alargar tu agonía. Por no entender que tu aire estaba contado. ¿Cinco minutos tardó en preparar los dos cafecitos que pediste? ¿Cuánto tiempo pasó realmente? ¿Por cuántas bifurcaciones pasaron tus pensamientos cuando el peso del silencio comenzó a despedazar tus nervios? ¿Fue en el momento en que tu sudor se volvía frío cuando depositó, finalmente, los pocillos sobre la mesa? ¿Fue en ese entonces que exhalaste tu reserva de oxigeno para llenarte nuevamente de la dudosa vitalidad que te dio el aire?

¿Me vas a decir la impotencia que te daba tenerla cara a cara, hermosa como siempre, inalcanzable como nunca? ¿Me vas a decir en lo que se transformó el nudo que llevabas el estómago cuando decidió finalmente disparar su bala oxidada contra tu pecho? ¿Esa fría bala que jamás pudiste sacarte de adentro y que con el tiempo carcomió tu carne putrefacta llegando incluso hasta lo más profundo de tu alma?

Por favor, decime bien despacio sus meticulosas palabras, pensadas todas y cada una. Quiero que te revuelques del dolor al contarme sus palabras. Al contarme el momento preciso en el que te confesó su desamor, su infidelidad, tus errores, sus justificaciones. Quiero verte como ella te vio, con tus ojos completamente desorbitados buscando la mano capaz de sacarte a flote de ese mar de incertidumbre.

Justificame tu desmesurado desasosiego. ¿Fue realmente por materializar lo que venías sabiendo de un tiempo a esta parte? ¿O más bien tuvo que ver su destacada frialdad y falta de interés en ese preciso momento? ¿Con qué palabra exacta fue que tu voz comenzó a entrecortarse y a balbucear incoherencias? 

Esta vez quiero verte como ella te vio entonces. Ahogado en tus propias lágrimas que, como una fuente, borboteaban de tus ojos. Desamparado, perdido. Carne sostenida por unos cuantos huesos pero inanimada y sin un sentido por el cual existir. Quiero que siquiera intentes mirarme a los ojos para fulminarte con los míos, como ella lo hacía. Como sólo ella podía. Y, como ella, lograr domar tu esencia para sacar a la luz tu última y miserable resaca de vida que tengas ahí adentro.

Quiero que te quedes conmigo, no quiero dejarte ir como lo hizo ella.

Giancarlo Sereni - 10/05/2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario