viernes, 11 de marzo de 2011

Cuentos: Sueño


No estoy seguro si lo soñé pero estaba en el cielo saltando de nube en nube. Vestía mis pantaloncitos de flores y una remera de algodón. Reía, saltaba, tropezaba sobre los enormes copos de memoria que flotaban por allí.

Pisé sin querer, por supuesto, un reloj que me transportó durante un segundo por aquel día soleado que pasamos en el parque de los girasoles. Vos tenías las manos tan blancas que se confundían con las hebras espesas del pasto de seda. Vos tenias la mirada llena de culpa por no permitirte pensar, durante ese día, en la desdicha.

Te digo que no estoy del todo seguro, pero mientras acariciaba tu cuello con un dedo, una cascada de suave polvo de bruma recorría mi centro para posarse finalmente en mi ombligo. Y todo pasó tan rápido que me confunde un poco cuando te lo cuento.

No estoy seguro si lo soñé o no. Lo único que me acuerdo es que en esa ocasión me hallaba caminando por una cuerda formada de estrellas. Caminaba lentamente,  haciendo equilibrio y sin mirar hacia abajo. No temía a la altura, no. Tenía miedo de encontrarnos mirando la galaxia en alguna noche de verano. Tenía miedo de tener que escarbar el recuerdo y hallarte peligrosamente enamorada de mí. Tenía miedo de que me veas observándote desde mi cuerda de estrellas. Tenía miedo que me nombres.

En ese entonces te veías preciosa, me recordabas al mar con la inmensidad y profundidad de tus ojos, con la fortaleza de tu lengua, con aquella suavidad de tus curvas, con la frágil materia de tus manos y con la simpleza de tu alma. Al verme al lado tuyo, me sentía embriagado de tanto despropósito de felicidad.

No estoy seguro si lo soñé pero saltando y saltando de nube en nube rozé con el hombro una microfibra de telaraña que se hallaba transversal desde el cielo hasta la tierra. Nuevamente me transporté, pero esta vez, todo estaba oscuro.

Sólo pude verte arrodillada a lo lejos, con tu luz blanca y cálida brotando de tus poros. Estabas llorando, de eso estoy seguro y eras la única figura solitaria de aquella enorme soledad. Yo me encontraba oscuro y camuflado en las sombras de aquel tiempo, lejos de vos.

Comencé por caminar para ir a tu encuentro. Te odié por no verme, te odié por no escucharme, me odié por no poder refugiar tus lágrimas. Odié todo, pero más que nada, odié a la oscuridad que nos mantuvo alejados y ciegos por mucho tiempo. En los sueños, todo lleva mucho más tiempo.

Era insufrible verte llorar: irremediable. Te veías tan frágil y sola que hice que una luz tenue se asome por mi pecho para mostrarte un camino. Un camino con o sin final feliz, jamás lo sabremos. Lo cierto es que cortaste tu llanto y levantaste tus ojos tristes para el encuentro con los míos, pero justo en el momento de contacto, ambos giramos la cabeza perdiendo en la nada aquella soga que podría habernos librado de los grilletes del miedo.

Casi podría asegurar que fue un sueño, te juro que no lo sé. Lo que me acuerdo es que te encontrabas acurrucada en un cúmulo. Al acercarme a tu lado noté que estabas buscando algo en un pequeño cofre. Repetías una frase. No la recuerdo. Toqué tu hombro para llamar tu atención. Volteaste inmediatamente. Tus ojos eran los mismos pero no pude reconocerlos del todo. Estabas espléndida y radiante. Sonriente y con las mejillas ruborizadas. 

Me brotaron unas ganas descontroladas de besarte, abrazarte, sentirte. Pero en el fondo yo sabía que no era más que por recordar los días en los que eramos dos transeúntes conformistas del mismo triste sendero que recorren los primerizos. 

Y así fue que dejé pasar un poco el tiempo. Recordé un sueño nostálgico donde te soñé abrazándome. Y sólo dejé pasar el tiempo hasta el momento de despedirte con un abrazo como el de aquel sueño que tuve aquella vez. Pero te lo digo en serio, no estoy seguro de si fue real.

Giancarlo Sereni - 11/03/2011

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