martes, 7 de diciembre de 2010

Felicidad





Ella estaba sola y bailaba.

Cuando allá afuera la tormenta y el frío derribaban los árboles y edificios, adentro, en su dormitorio, ella bailaba, cálida y hermosa, con sus mejillas ruborizadas, enamorada de vivir, balanceaba sus brazos al ritmo de un vals y, refugiándose en las paredes que la separaban del caos, sonreía.

Bailaba con sus ojos cerrados, feliz, libre e inquebrantable.

Deslizaba lentamente sus pies descalzos en la alfombra y giraba. Feliz y sin preocupaciones bailaba y sonreía.

De vez en cuando, cuando un relámpago invadía la luz tenue de su dormitorio, ella llevaba sus palmas lentamente a su pecho, siempre al ritmo del vals, e improvisaba un nuevo giro. Un giro que desplegaba su vestido como un remolino de flores.

Sus negros cabellos bailaban también y afuera todo se derrumbaba. Pero ella no se preocupaba. No le importaba. Ignoraba todo aquello que podría dañarla, no por ignorancia sino por que ni siquiera pensaba en ello. Sólo se concentraba en su felicidad, en su baile, en su sonrisa, en sus giros perfectos, en el perfume que brotaba de los jazmines sobre su escritorio, en la caricia de la alfombra entre sus dedos, en las frescas bocanadas de aire que respiraba y en la música suave que se entremezclaba con el viento de allá afuera.

Y, sin perder el equilibrio, bailaba. Estaba sola y bailaba.

Giancarlo Sereni - 7/12/2010

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